Cuzco 2025
- Ayelén Rodriguez
- 31 jul 2025
- 8 min de lectura
No, no llegamos al Machu Pichu, resulta que eso se planea con anticipación y con mi mamá sacamos pasaje nada más ni nada menos que el día antes, tentadas por la insistencia de nuestros compañeros de Spintec e impulsadas por el mal clima de Lima. Así llegamos a Cuzco el día 20 de junio a las 4pm, antes que el resto del equipo o a este punto la familia, la siguiente se compone así: (por razones de confidencialidad y de que si por algún motivo extraño de la vida lo ven, estos no son sus nombres reales)
Mario, el principal porque es a quien más le rompemos las pelotas pidiéndole cotizaciones, un señor esloveno que se vuelve loco cada vez que escucha Gasolina y Danza Kuduro y a este punto un familiar, el tío. Su personalidad cuadra perfecto, y en esta vacación le toco el rol de ser el más chinchudo del viaje, probablemente por la erosión laboral de estar en la misma empresa hace tanto y en un puesto que confesó que no disfruta.
En segundo lugar tenemos a Ro, la mujer del grupo y por supuesto la más buena onda. Tranquilamente podría ser la tía, le gusta disfrutar y tomar (bastante, al punto de que un pisco puro fue su remedio ante el malestar estomacal). Ella fue la propulsora del viaje a Cusco, tanto para nosotras como para sus compañeros, que muchas veces dejaban ver que tal vez hubiesen preferido tomarse el vuelo a Europa sin la parada extra. Es por esto que fue la más agradecida por nuestra presencia, y nos lo hacía saber cada que sea posible a la vez que recriminaba el humor de sus colegas. Gracias Ro.
Por último, un tipazo, Juancho. Un joven esloveno de 27 años que tiene el rol de técnico en Spintec y la personalidad por la que tengo cierta debilidad: tímido y bueno. A mi me cae espectacular, y yo espero que a él, el hecho es que nos reímos, fuimos dos personas simpáticas en Cuzco, una que habla mucho y la otra que no (adivinen quien es quien!), que aprecian el sarcasmo y se unían por la juventud de los 20’s para hacer chistes sutiles sobre el resto de nuestros acompañantes, que en algunos casos ya duplicaron nuestros años en la tierra (mi mamá no, ella sigue en sus 25). Su frase favorita era “que lindo”, y la imitaba constantemente a partir de que yo la repetía sorprendida por lo que Cuzco me mostraba.
Bueno sé que dije por último, pero el line up no estaría completo sin la abeja reina: madre, Elizabeth Romano para los empresarios del rubro. Ella, como siempre espléndida y espontánea, se dejó convencer por mi evidente emoción por conocer un nuevo lugar más allá de no ir a ver lo más importante que tenía para ofrecer. Era su manera de pasar el cumple conmigo y hacer un viaje porque sí, como en los viejos tiempos.
Y así partimos hacia el aeropuerto y abandonamos nuestra habitación ya paga en Lima, pero no importaba, íbamos hacia algo mejor, hacia el sol que parecía un sueño imposible de cumplir en San Isidro (Lima) pero que prometía estar presente en las alturas cuzqueñas. Llegamos al aeropuerto mucho antes de lo necesario porque teníamos que despachar la valija de madre, que logró excederse de peso a pesar de que el viaje en total constaba de solo 5 días. De ahí fuimos a comer una milanesa mientras esperábamos al resto de nuestros acompañantes que viajaban 40 minutos después, a quienes nos cruzamos y prometimos encontrar en Cuzco a sus llegada.
H2 5015: Gracias por el transporte!

Ya desde el vuelo la sorpresa era total ante la inmensidad de territorio que ocupaba la ciudad de Cusco, que se extendía entre las montañas a lo largo del río que las dividía como si los habitantes lo estuviesen persiguiendo para no perderle el rastro. Después de un aterrizaje sereno y un feliz encuentro con la valija, nos pedimos un Uber emocionadas porque nos lleve a Ankara, capital de Turquía y reconocido hotel de dos estrellas ubicado en la Calle Saphy, Cuzco, Perú. En el camino tuvimos que tomar un desvío, en vez de ir por el centro pasamos por sus alrededores en donde los edificios sin revoque y pegados con barro eran la regla arquitectónica, al igual que los mercado de todo tipo que se paraban en el medio de la calle. La sorpresa se debía a mi ignorancia, ya que pensaba que Cuzco no sería más grande que Purmamarca y que el resto serían montañas peladas con casas aisladas, pero no, ante mis ojos hasta se alzaba incluso una escuela de modelaje entre el caos de personas y autos que habitaban esa poblada ciudad que yo imaginaba como pueblo del norte.
Ahora, ¿por qué el desvío? Resultaba ser que llegábamos dentro de las dos semanas en que se festeja la llegada del Inti Raymi, festividad peruana, principalmente andina, que celebra la llegada del Solsticio de invierno todos los 24 de junio para celebrar al sol que se encuentra en el punto más lejano de la tierra en el día de la fecha. Evidentemente se extiende hasta dos semanas antes de que sea la fecha a modo de preparación, y en ese tiempo se despliegan bailes típicos que permiten visualizar la cultura andina. Para nuestra suerte, el 24 será el Inti Raymi pero nosotras estuvimos allí el 21, día que nos explicaron era como un año nuevo para la cultura andina y que a raíz de ello tuvimos la oportunidad de presenciar. La cosa es que por esto el desvío, Cusco se encontraba detonado de personas que se acercaban a vivir los días festivos desde el centro de la ciudad y buscaban poder presenciar los bailes típicos en la plaza.
Ya arribadas al hotel nos encontramos con nuestra habitación, chiquita pero pintoresca, y a solo dos cuadras de la plaza principal: la Plaza Mayor. Nos tomó dos segundos dejar las cosas, ponernos la mayor cantidad de abrigo posible y salir a recorrer. Ya el corto camino hacia la Plaza nos enamoraba y dejaba ver la esencia del lugar: restaurantes pintorescos con puertas diminutas y ventanas con balcones de lo más lindos, tallados y pintados de colores; tienditas de piezas autóctonas, y de China también porque bueno es inevitable; kioscos con estanterías repletas de caramelos de coca; y hostales que apenas podían distinguirse por sus estrechas entradas, pero que al mirar parecían totalmente acogedores. Bastó una cuadra para enamorarse y también para comprar los primeros recuerdos cuzqueños: guantes, dado que el frío por la noche era mucho más del esperado. Una cuadra más y… cinturón para mi, gorrito para madre…esto era inevitable, las cosas eran buenas bonitas y baratas y del otro lado había dos personas que no son tan difíciles de convencer.

Ahora sí, después de la necesaria distracción, se abría paso la plaza. Un parque con caminitos, flores y la estatua del Inca por lo que entiendo, pero no quiero hacer promesas. Estaba hermosa, bien cuidada, iluminada y llena de vida, había bastante gente y todos parecíamos tener una alegría elevada por el simple hecho de estar ahí, o tal vez mentalmente solo traspase la mía al resto. Ya la plaza era linda, pero lo que verdaderamente la completaba era lo que la rodeaba, especialmente la Iglesia (Iglesia de la compañía de Jesús) y la catedral, que presentaban maravillosas cúpulas, y en el caso de la iglesia una construcción de columnas y puertas talladas. Por otro lado, la catedral, de personalidad más colonial, dejaba ver su estructura de ladrillos a flor de piel, alzándose majestuosamente por su tamaño y por su posición frente a la entrada de cualquiera de los dos lados de la plaza.
Fue ahí, anonadadas por al belleza del nuevo lugar descubierto, que empezamos a recorrer tanto la plaza como sus alrededores y nos enteramos que a las 19 hs iba a estar presente la sinfónica de Cuzco en la Iglesia y que se podía asistir así como así. Anotamos esa actividad para después y les dejamos saber a nuestros amigos eslovenos, que llegaron 1 hora después que nosotras a la ciudad, que podíamos usar el evento como punto de encuentro, ya que entre ellos se encuentra un Saxofonista y director de su orquesta en Eslovenia: Mario para los amigos. Fue también ahí, en ese recorrido, donde hice la que yo considero mi mejor compra: el álbum de fotos, donde pienso poner a toda la gente que amo en papel fotográfico. Dios, no saben lo que era esa galería, les voy a pedir que aprecien los marcos que ví, que si mi mochila lo hubiese permitido ya tendría todos acá colgados.

Ya a las 7 nos encontramos con nuestros amigos en la iglesia, de un porte encantador por dentro también. No podíamos hablar mucho, pero ya se notaba la impaciencia de nuestros acompañantes cuando la sinfónica no empezaba a horario, pero ¡quien les dice que esto es Latinoamérica y que la hora acá siempre miente un poco! ya lo tendrían que saber. Pero empezó, con unas presentaciones dignas de acto de colegio en que hablaron de la asociación que lo organizaba y su historia para después dar paso a la musicalización. Estuvo muy lindo, cantaron canciones autóctonas y otras que por algún motivo madre y Mario conocían como si fuesen oriundos de Perú. Acá les dejo un videito, especialmente para que aprecien la iglesia por dentro, nos fuimos antes pero la verdad es que queríamos seguir paseando y a muchos ya les picaba el bagre.

Noche de eventos imperdibles
Esa noche, además de acercarse el año nuevo andino, sucedía un evento de importancia mundial diría: jugaba Boca contra el Bayer. ¿Me importa? Ahora sí, el Mundial de Clubes es parte de mi nueva personalidad que quiere hacer valer cada centavo de Disney Plus, y también personalidad de ver deportes con Halesia (no necesita presentación si no sabes quien es Halesia no habremos hablado porque hasta mis amigos eslovenos han escuchado hablar de ella) Es por este suceso, que después de pasear por la plaza nuevamente y conseguir una foto familiar con el Inca, decidimos comer en un lugar de comida peruana en donde para nuestra suerte había tele y Facu, un mozo argentino de River. Lo quería aclarar porque realmente parecía que estaba en territorio enemigo ¿Por qué? La comida estaba buena, pero mejor estaba la pelea que estaba dando Boca ante el rival de evidente superioridad, lo que hizo que todos los comensales celebremos ante el gol que convirtió, al punto de que inclusive los eslovenos esbozaron una sonrisa. Facu estaba un poco desconcertado, pero entendió la ilusión de lo que lograba el club argentino.
Después de una llenadora cena en el lugar de comida peruana, en donde nadie comió comida peruana, y un sueño descomunal seguimos recorriendo los negocios en busca de unos buzos para los integrantes del grupo. Ahí encontré la que considero la segunda mejor compra del viaje, mi bucito cusqueño que amo. Del mismo modo, encontramos un buzo para Juancho, que por su altura poco común en estas tierras le quedaban tres cuartos, y unos gorritos cusqueños en conjunto para él con Mario. Ahora sí, ya con nuestro outfit que avisaba que éramos turistas y fanáticos empedernidos de esta nueva ciudad, emprendimos la vuelta a nuestros respectivos hoteles que estaban a dos cuadras uno del otro y nos despedimos de un Juancho agotado, una Ro extasiada por las vistas, y un Mario congelado para encontrarnos mañana en nuestra nueva aventura y próximo capítulo: El Tour al Valle Sagrado.


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