Día 2: ¡Valle Sagrado!
- Ayelén Rodriguez
- 20 jul 2025
- 17 min de lectura
¡Buen día! Eso intentábamos decir con mi madre cuando sonó la alarma 5.50 am después de una noche de pésimo sueño en el Hotel Ankara. El mal sueño se debió a la calidad de la cama, que más que una cama parecía una de las piedras donde sacrificaban gente los incas por su dureza (vieron ya les estoy metiendo refers de lo que les voy a contar hoy). Por otro lado, el motivo de la hora se debía a que 6.30 teníamos que estar en el lobby del hotel de nuestros compañeros, el cual quedaba a solo dos cuadras. Por eso, motivadas por el hecho de que en Eslovenia aprecian la puntualidad (algo que se dejó ver por su tendencia a llegar 4 horas antes al aeropuerto aunque sea un vuelo nacional), 6.15 estábamos dirigiéndonos al punto de partida.
Tomamos el frío de la noche anterior como una enseñanza y por ende cada una salió con la mayor cantidad de ropa posible. Es decir, mi mamá podía hacer cambio de outfit con todas las capas que tenía, mientras tanto yo usé el mismo jean y el mismo buzo toda la travesía, solo pude sumar mi nueva y hermosa adquisición: el bucito cuzqueño. Ahora sí, no solo salimos con ropa como para montarnos una feria americana, sino que también con la viandita que nos había dejado preparada el hotel y contenía mandarinas, sanguchitos, unas barritas machu pichu y juguitos (unboxing en el video blog!!! Llegará pronto). Por la solidez de la vianda hasta parece que Ankara es consciente y siente culpa por la dureza de sus camas, y honestamente debería.
Por primera vez en al vida mi cálculo horario salió bien y 6.25 ya estábamos sentadas en el lobby del hotel de nuestra familia laboral, en donde entró una mujer a esperar a alguien igual que nosotras. Ya acomodadas en el sillón, pasamos los 5 minutos de espera restantes haciendo el unboxing de nuestra viandita cuando y 30 en punto bajaron Nik, Simon y Jana, emponchados hasta la coronilla y con rostros de que su cama también había cometido un par de sacrificios, aunque Simón siempre optó por culpar al Jet Lag europeo de hace ya una semana. Por otro lado, Nik optó por sonreír y mostrarme una foto de su desayuno después de que yo mostré orgullosamente mi viandita. A diferencia del nuestro el suyo constaba de un solo huevo, un pan y una feta de jamón, una viva imagen de tortura para un chico de 27 años que sigue comiendo como si se estuviese desarrollando a los 14. Lo importante es que su sonrisa bastó para recordarme que su simpatía me hace confundir, así que seguí confundida por el resto del día.
¿Se acuerdan de la mujer del Lobby? Era una mujer chiquita de estatura, ojos y pelo café con una mochilita de exploración a su espalda. Bueno, después de escuchar 3 palabras de los eslovenos entendió que nosotros éramos los afortunados turistas que tenía que transportar, así que se acercó y se presentó como Lizbeth, pero nos habrá visto tal cara de tipazos que nos habilitó el apodo de Liz poco después. Por supuesto que madre aclaró que ella era casi hermana de nombre como portadora del nombre Elizabeth, y pronto verán que esta no es la única coincidencia entre ellas. Siguiendo con Liz, nos explicó que el tour duraba 12 horas (Simón, quien contrató el tour, se desintegraba ante estas palabras) y que estábamos acompañados por otras 8 personas que íbamos a pasar a buscar en la van que manejaba Mario, pues nosotros éramos los primeros integrantes. Así empezó el recorrido, sentados en la primera fila bien cerquita de Liz y Mario, de derecha a izquierda, estábamos Simón, madre y yo, mientras Jana y Nik se sentaron en los dos asientos atrás nuestro. A partir de ahí empezamos a levantar gente por las diminutas calles que apenas dejaban pasar a nuestro transporte.
La Marioneta: el lineup
Ahora bien, los integrantes que se sumaron a La Marioneta (en honor a su piloto xd) eran diversos y nos hacían quedar a nosotras y a nuestros queridos eslovenos como si fuésemos locales. En primer lugar se subió una familia de americanos con un Starter Pack de montañismo como si el Everest fuese el destino final; bueno eso los padres, el niño de aproximadamente 15 años parecía Sid de Toy Story, y usaba unos pantalones para tienda que si fuesen tienda serían de esas enormes en las que entran 12 personas y todavía queda lugar para un jacuzzi adentro.
El siguiente integrante fue un Brasileño por lo que entendí, pero que por algún motivo solo lo escuché hablar inglés. Este era un turista mucho más callado en su forma de presentarse al igual que la próxima integrante: una rusa que como nosotros tenía puesto a todo Cuzco en su vestimenta, pero que emanaba conocimientos de viajera y hablaba como 5 idiomas, vieron como son en Europa, o Eurasia en este caso. Por ejemplo, Nik, Simon y Jana hablan italiano, inglés, esloveno y un poco de sus países aledaños con idiomas similares, pero entienden TODO en español (Jana además lo habla súper bien) Por suerte esto quiere decir que entienden hasta los chistes, porque yo les vengo diciendo que si soy graciosa en inglés en español la rompo.
Bueno saliendo del paréntesis de idiomas, por último y después de esperarlos unos buenos 15 minutines, se subieron tres personas más que yo no entendí la relación. Entre ellos había dos muchachos probablemente en sus 30, estadounidenses, y que me hacen preguntarme si las tendencias realmente salen de Estados Unidos porque uno de ellos no se enteró que ya no se usan más la babuchas. Mientras tanto el otro por algún motivo tenía un mate con un termo que no era para mate, y un claro delirio místico de que el era un mochilero indie que estaba más allá de los viajes porque sí, se notaba que cuando volvía y le preguntaban cómo estuvo él sólo podía hablar de las vibras (no sé de quien me río veremos si el futuro me deja igual). La tercera integrante de este grupo era una joven que más tarde confirmé que tenía 20 años, porque obvio amichas, de Alemania rubia de ojos celestes y que vino vestida como si fuese a un día de playa y con frío, claro. Ella una genia, más tarde me enteré que terminó el colegio y con su trabajo estable alemán en una cafetería le alcanzó para venirse a pasear por Perú un mes en soledad. Planazo, me encantó, si hubiese escuchado esta historia a los 18 la ponía en mi vision board. Ahora sí, recuerden que nosotros somos 5 como familia, así que en total ya estábamos los 13 que se dirigían al Valle Sagrado.
Con La Marioneta completa salimos en camino a conocer mucho más de Cusco y, apenas logramos salir del centro de la ciudad, nos encontramos transitando la ruta entre medio de montañas que se alzaban a nuestro al rededor, ya con casitas mucho más aisladas entre sí y curvas que indicaban que el camino iba cuesta arriba. Mientras tanto, Liz nos contaba un poco de las bases de la cultura andina: el otro idioma además del español es el quechua, los incas eran politesistas, es decir, creyentes de varios dioses como la mismísima pachamama y otros que representaban como animales; y por último nos contó que haku significaba vamos en quechua (eso fue un poco una curiosidad y otro poco un aviso de que si ella decía eso probablemente nos estábamos por quedar fuera de La Marioneta)
Terminada la explicación quedaba disfrutar del paisaje. Yo tenía la suerte de estar en la ventana por lo que era la que mejor podía apreciar la vista y además escuchar como Liz le daba direcciones a Mario de frenarse próximamente. ¿A qué? Me preguntaba yo, estaba todo hermoso pero estos no parecían ser los lugares del folleto ni tampoco se ve un mirador. Repentinamente, justo después de una curva, es cuando Mario decide cruzar la ruta para estacionarse en la primera sorpresiva parada: Manos de la Comunidad.
Una parada LLAMAtiva
A primera vista y con ese título no pude evitar pensar en el museo de botellas de Iguazú, de creaciones muy buenas no digo que no, pero no sé si para un tour. Sin embargo, estaba totalmente confundida, ya que al bajar Liz dijo las palabras mágicas: alpacas, llamas y guanacos!!!!!!

Realmente el tour no pudo haber empezado mejor si me lo preguntan a mí, porque después de atravesar un cortinado de hilos se paraban en fila, comiendo pasto como si cada uno fuese el último de la faz de la tierra, una hilera de llamas de distintos colores alturas y edades. Sus caras graciosas, de ojos saltones y orejas paradas, se asomaban y nos miraban con curiosidad los milisegundos en que su atención salía de la comida para después volver a agacharse desesperadamente por seguir degustando su plato de tres estrellas Michellin. Si uno se animaba a agarrar un poco de su pasto se les podía dar de comer, solo si ellas aceptaban y veían en vos una persona confiable y en ese caso, solo en ese caso, hasta se dejaban acariciar. No muchos lograban este hermoso suceso con ellas peeeero alguien pudo! Asumo que les habrá hecho la misma sonrisa que nos hace a todos o su cara de europeo debía indicar que no tenía intenciones ni necesidades de llevarse nada, pero a Nik todas las llamas le aceptaron su pasto y sus caricias.
Ahora bien, después del momento enternecedor pasamos a las alpacas, las más bellas en mi opinión. El pelaje totalmente desalineado y desbordante las hacía parecer que no tenían ni patas ya que no se las podía ver. Al igual que las llamas las había de todos colores y tamaños, y muchas de ellas andaban sueltas de sus corrales paseando por ahí con sus grandes ojos desesperados por seguir comiendo pasto y una trompa con la que succionaban cada palito como si fuese un spaghetti con pesto (ustedes digan la salsa que quieran mi favorita es esa). Y bueno, al igual que las llamas, las alpacas también parecían tener una relación especial con Nik, que ya andaba a los abrazos como si fuese el pastor que las crió.
Por último, seguimos con los guanacos que eran mucho más altos y flacos por la falta de predominante pelaje como las otras dos especies. Con ellos mantuve una distancia respetuosa por miedo a que me escupan mientras el europeo ya se había mimetizado tanto que hasta les charlaba.

Por último, el recorrido terminaba visualizando dos cóndores que estaban en una jaula demasiado chica y me hizo pensar que las Manos de la Comunidad podrían agrandarlas bastante más o directamente dejarlos ser libres. También había una maqueta del Machu Pichu, así que buenas noticias mi gente: si llegamos!!!!!!! Finalmente, el recorrido terminaba pasando por el avistaje de cuises (que Nik también acarició), y el lugar de la perdición: una tiendita de cosas de Perú (por surte muchísimo más cara que en el centro, lo que me hizo abstenerme con las compras y subirme a la van con las manos vacías)
El Mirador de Taray
Fue así que partimos hacia nuestra siguiente parada en La Marioneta mientras Liz nos contaba que ya nos estábamos acercando al río que le daba el nombre al Valle Sagrado, que no recuerdo bien como se decía en quechua pero su nombre significaba justamente agua, valle, o río, pero sagrado. Fue allí donde nos detuvimos en el mirador de Taray que quedaba de camino a Pisac y sí estaba incluído en el itinerario.
Las vistas eran impresionantes, la inmensidad de lo que nos rodeaba dejaba boquiabierto a todo el grupo y allá abajo se veían las casitas que acompañaban al río tal como se veía desde las alturas del avión. El cielo estaba perfectamente despejado excepto por unas nubes que parecían caricaturescas y puestas a propósito, y el verde que se alzaba sobre las piedras parecía no terminar jamás. Además, se podían observar todas las plantaciones de maíz que nos explicó Liz son una gran parte de la cultura peruana, que produce una altísima cantidad de tipos como el más conocido en su formato de chicha morada. Del mismo modo pasaba con la papa, el mejor tubérculo si me preguntan a mí, versátil como ninguno y con 5000 especies a su nombre, de las cuales 3000 se cultivan allí en Perú. Increíble.

Pisac: como si hubiésemos estado en el Machu Pichu
Después de una foto grupal continuamos a Pisac, viaje de 1 hora aproximadamente ya que debíamos subir a nada más ni nada menos que a 3350 mts de altura sobre el mar. Durante todo el camino las imágenes que se desplegaban eran impresionantes, pasamos por un par de pueblos entre montañas todos bastante rústicos pero honestamente la belleza de al rededor era capaz de hacer que todo sea pintoresco. El viaje tuvo una mini parada para comprar nuestras entradas a los tres parques que íbamos a asistir que eran Pisac, Ollaltaytambo y Chinchero, y su costo fue de 75 soles para extranjeros. De ahí, seguimos viaje en nuestro transporte y el resto del camino lleno de estímulos visuales de la naturaleza y unas buenas charlas con madre se hizo corto.
Ahora sí, estábamos en nuestra primera parada seria del viaje: el sitio arqueológico de Pisac. Bajamos y digno de lugar turístico estaba lleno de tienditas para comprar más recuerdos de Cusco como si no tuviésemos ya a todo el pueblo encima, igualmente tentaba pero seguimos adelante. Además de eso, siendo recién eso de las 10 am ya hacía calor porque el sol pegaba de lleno, al punto de que yo quedé en musculosa y con mi bucito cuzqueño a la cintura.
La previa ya era increíble, las terrazas de agricultura eran enormes y se extendían hacia abajo construidas sumamente parejas con sus frentes de piedra tallados a perfección. Esto se daba entre medio de un espacio de tamaño descomunal, montañas que se alzaban al rededor dando cuenta de que uno es diminuto, al punto de que hasta Nik con su metro noventa parecía una hormiga. Desde allí se veía el pueblo actual de Pisac que se encuentra mucho más abajo de donde estábamos costeando el río, a diferencia del punto donde nos encontrábamos nosotros en que se alzaba el pueblo original, el que data de los 1400 construido por los Incas, destruido por los españoles causantes de que hoy les llamemos ruinas. Sin embargo, la estructura se conserva lo suficiente para comprender que toda una sociedad habitaba ahí, con casitas, todo conectado por escaleras, lugares de reunión y un cementerio; este está hecho en la pendiente de la montaña, en forma de huecos en donde se momificaban los cuerpos de sus habitantes con las mejores vestimentas que poseían (yo personalmente hubiese optado por mi bucito cuzqueño). Liz nos contó algunos otros datos pero yo estaba distraída por la belleza del lugar.

La cosa es que ya después de ver el panorama general nos soltaron a que recorramos las ruinas, que subamos hasta el punto más alto de ellas y observemos con total libertad todas las construcciones hechas en piedra. El recorrido era espectacular, cada escalón parecía mostrar un nuevo ángulo de las vistas más impresionante que el anterior, y era imposible no detenerse, observar una vez más y claro sacar una foto. Realmente se sentía mágico y el aire que corría tan puro de montaña solo mejoraba la experiencia, al igual que las nubes: yo amo las nubes, y estas eran blancas chiquitas y se posaban en los lugares más indicados para completar el paisaje. Además, la temperatura era perfecta, el sol pegaba de lleno y yo ya sabía que iba a terminar con una quemadura de tercer grado con mi musculosa, mi cara destapada, y sin el Isdin de Alcaraz, pero era una temperatura perfecta para subir sin morir en el intento y a la vez disfrutar del dulce calorcito en el cuerpo.

No era solo el lugar que hacía que esta experiencia sea tan maravillosa, por supuesto que la compañía era la frutilla del postre, en especial la de mi Madre y su alter ego de guía turística por haber asistido previamente al Machu Pichu: en ella también había una Liz, y fue su nuevo apodo siempre que hacía un comentario que se acople a esa personalidad. El más recurrente y personalmente mi favorito, era que lo que estábamos viendo era igual igual igual al Machu Pichu, y se notaba que lo hacía con la intención de convencer a los eslovenos del valor de su viaje. Además, cuando entraba su Liz interior en juego ella veía cuatro paredes de piedra y su sensibilidad con la construcción y la historia eran tales que de alguna forma sabía cuando ese cuadrado de piedras remitía a una cocina, un cuarto con estanterías, una sala de reuniones y a veces, muy pocas, admitía no saber distinguir de que parte de la ciudad se trataba.
"Esto es igual igual igual al Machu Pichu, o bueno, muy parecido"
Elizabeth Romano alias Liz
Después de un paseo en el que nos involucramos verdaderamente con las ruinas de Pisac desde la cima podíamos ver como nuestro grupo se juntaba a la hora acordada con Liz mientras nosotros terminábamos de sacarnos la foto familiar, por lo que tuvimos que bajar, que es siempre mejor y más fácil que subir, a la velocidad de la luz por miedo a que pronuncie la palabra mágica: haku. Por supuesto que llegamos y por supuesto que a la salida del parque desde Pisac caímos en la tentación de los puestitos de la entrada y me compré mi gorrito cuzqueño con la excusa de que solo así iba a poder evitar la quemadura de tercer grado que les había comentado.
Ollaltaytambo: más fácil de leer que de decir
Ahora sí, con gorrito y todo seguimos camino a Ollaltaytambo. Van a tener que acompañarme en esta travesía porque sigue, recuerden que el tour dura 12 horas y que soy amante del detalle, así que ya dos semanas después del viaje estoy tratando de acordarme todo lo mejor posible. Bueno les decía, allá en ese nuevo lugar hasta el que teníamos otra horita y media de viaje cuesta abajo, ya que se encontraba a unos 2700mts, estaba la promesa del almuerzo incluido en el tour que emocionaba a todos los pasajeros hambrientos. Yo por suerte tenía mi viandita e hice desaparecer a uno de los sanguchitos. El camino fue mitad recuperar el sueño perdido en las camas del hotel Ankara y la otra mitad impresionarme junto con mi madre, los 5 minutos que estuvo despierta, con el hecho de que todo el camino estaba absolutamente poblado, algunos con más infraestructura y extensión que otros, pero ahí en el medio de las montañas hasta tráfico se formaba por la cantidad de caudal de gente y transportes. En el ingreso de uno de esos pueblos, con callecitas mucho más coloniales se “estacionó” Mario, o más bien tiró la van en el medio de la calle, y Liz nos invitó a bajar.
El pueblo era hermoso y, como si fuese lo más normal del mundo, estaba ubicado entre los remanentes de lo que alguna vez fue una gran sociedad. La imagen era increíble, ya que en frente nuestro, que estábamos parados entre restaurantes y locales sobre calles de adoquín, se alzaban cuesta arriba las ruinas de Ollaltaytambo, que destacaban porque entre todo ese verde de las montañas se imponía una ciudad de piedra. No sólo en frente nuestro, sino que atrás también había más partes de evidencia de lo que fue todo aquello, que era tan enorme que lo otro que se veía estaba sobre otra montaña que vaya a saber uno como llegaban. Recorrer esa ciudad de piedra era el plan del tour, lo que no sabíamos era que eso venía antes de la comida que también, nos había explicado Liz, era ahí en Ollaltaytambo.
Después de una breve explicación de lo que estábamos viendo (una parte que constaba del templo del sol, donde estaban las piedras planas para hacer sacrificios como la cama del hotel; la zona militar y más alta de todas por la visibilidad claro; una sala que no sé bien por qué pero le hicieron 10 ventanas y le pusieron ese nombre; y claro las terrazas de cultivo) Liz nos dijo que vayámos no más, que subamos esos 230 escalones y volvamos a la 1.30 para comer, una gran motivación para este grupo al que claramente le picaba el bagre.
La emoción era tanta que encaré el desafío con entusiasmo y me di cuenta que, aunque sean solo dos pisos, tenía que agradecer que no haya ascensor en mi edificio porque mi cuerpo estaba teniendo una respuesta increíble a lo que fue el día de movimiento más intenso en un largo tiempo. Como en Pisac, cada ángulo al que te llevaban esas escaleras era una nueva y más increíble visión que me hacía darme cuenta de donde estaba: en el medio de las montañas, en el medio de unas ruinas, en Cuzco, en un viaje totalmente inesperado gracias a la espontaneidad de mi madre y guía turística (acá también era capaz de reconocer las estructuras y sus usos), en un estado de felicidad total, en un lugar que fue parte de una ciudad construida con una piedra arriba de la otra formando espacios habitables sobre una superficie totalmente irregular que quedó de hace SIGLOS atrás. Siempre me va a parecer increíble como pasa el tiempo y todas las personas que existieron en el, y es simplemente increíble que todavía haya evidencia de ello. Les voy a dejar las fotos para ilustrar mejor lo que estábamos viendo todos los participantes de la Marioneta.

Hecho el recorrido y motivados por el hambre, una y media no faltaba nadie en la ronda de Liz que nos esperaba para llevarnos al lugar de comida. En el camino de una cuadra hacia el restaurante estaba como siempre la feria de artesanías, pero esta era más pintoresca que cualquiera. Los puestitos se alzaban uno al lado del otro con guirnaldas que conectaban los techos enfrentados, separados por el río que tenía puentecitos para cruzar de lado a lado mientras de fondo estaban, nada más ni nada menos, que las impresionantes ruinas de Ollaltaytambo. Hermoso, de esas imágenes mentales que se quedan grabadas para siempre en la cabeza y por suerte en el carrete, así que se los comparto en la imagen de arriba.
Una vez atravesada esta perdición, fuimos al restaurante que la verdad nos dejó sorprendidos para bien. Digo esto porque creo que todos esperábamos una viandita, pero en vez de eso nos sentaron a todos como una familia y nos trajeron unos platos presentados como si después te fuesen a decir que la decoración se cobra extra ¡por suerte, no! Estaba riquísimo, había primer y segundo plato para elegir, especialmente de clásicos de comida peruana: un placer si tenés el paladar mínimamente desarrollado, una complicación para los hombres eslovenos (en especial el mayor) que nos acompañaban y parecían asustarse ante la presencia de una verdura en su plato. Pero bueno, por suerte ligamos su entrada de palta.

Ahora sí, ya con la panza llena, el corazón contento y un cansancio cada vez más visible en los rostros de nuestra familia laboral, emprendimos otro viaje de una hora en la marioneta que nos llevaba a 3600 mts de altura a Chinchero, otro remanente de la sociedad Inca. En esta ocasión, cedí mi locación en La Marioneta a Simón para que pueda dormir contra la ventana y recuperar un poco su vitalidad, mientras tanto yo observaba las vistas del otro lado, al lado de madre que también opto por dormir, al igual que Nik que se dejaba ver palmado totalmente en el reflejo del vidrio. Yo disfruté del viaje y nuevamente me sorprendí porque entendí que el camino no era tan largo pero que se hacía de esa duración por la cantidad de pueblos que generaban tránsito en dicho camino. Seguimos atravesándolos hasta que finalmente Mario se metió por unas calles de piedra con casitas más coloniales y pintorescas, donde estacionó y caminamos, bastante agitados por la altura, hasta la tercera y última locación incluida en el boleto.
La última parada, Chinchero
Esta parada ya fue muchísimo más corta que las anteriores, en primer lugar porque había menos para ver la verdad, y en segundo porque ya teníamos como 9 horas de tour encima y hasta la mismísima Liz dejaba ver su cansancio, ni hablar de nuestros eslovenos. Tal como dije, este espacio tenía menos para ver pero no dejaba de ser una belleza rodeada por montañas inmensas y una energía que relajaba. Después de la entrada, hasta la que caminamos un poco por las calles que parecían sacadas de una película antigua, pasamos por un mini arco de piedra donde nos pedían el boleto y detrás dejaba ver el principal atractivo de la parada: una iglesia y un vasto campo con algunas terrazas de cultivo al lado. La iglesia no era gran cosa, parecía un poco el cabildo así como para poner una referencia burda, blanca y sencilla con una cupulita. La Liz original nos explicó que al día de hoy funcionaba y en sus ceremonias cohexistian ambas religiones, la cristiana y la andina con su politeismo, dado que su presencia se debía a la conquista de los españoles nuevamente. A su lado, además del vasto campo, se alzaban varias estructuras de piedra que parecían formar amplias salas en las que antes evidentemente había escuelas; se podrán imaginar que Liz nº2, es decir mi madre, lo supo apenas las vio pero las describió como “lugares en donde se juntaban” (sé que es un poco amplio pero era su primer tour)
Como dije anteriormente, no había mucho para ver más que la iglesia y las pocas construcciones que quedaban, pero el lugar era bellísimo y por suerte Liz nos dejó quedarnos un poco en ese vasto campo que se extendía frente a las montañas, al lado de la iglesia y las terrazas de cultivo.

Fue ahí caminando que surgió la evidencia de que el anhelo por los chicos europeos es un deseo que tiene a toda una comunidad desesperada (a mi incluida: mejor si viven en Italia y miden un metro noventa, mejor aún si no tienen novia, mejor aún si nacieron en San Cándido y se les dio por convertirse en profesionales del tenis. Nada, como para dar un ejemplo) Bueno, el caso es que íbamos caminando cuando a Nik lo frenan y le piden una foto, y con esto, para mí sorpresa y la de él, no me refiero a que él saque la foto. Nono, la madre de una joven vestida con trajes típicos de la cultura peruana y probablemente perteneciente a ella le estaba pidiendo a él que se saque una foto con su hija como si fuese una especie única. Por supuesto que halagado, avergonzado e incapaz de decir que no, accedió y posaron con la pollera y el bucito cuzqueño. Más empapado de la cultura que eso no hay.
Después de esta historia de éxito, unas buenas charlas en el pasto y un avistamiento de alpacas, ya nos volvimos a dirigir a La Marioneta para que nos lleve de vuelta a Cuzco a nuestros respectivos hoteles para pasar lo que sería nuestra segunda y última noche.


Comentarios